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En este apartado os recomiendo las siguientes lecturas:

 

JUNIO 2018

LOS SIETE SECRETOS MÁGICOS DE LA EFECTIVIDAD TERAPÉUTICA

Jenny Moix y Victoria Carmona Universidad Autónoma de Barcelona

 

Ser psicólogo implica tener que convivir con la sensación de que no sabes nada. Esto en el mejor de los casos porque si crees que sabes mucho significa que estás simplificando la realidad psicológica a niveles infantiles. Esta sensación de ignorancia, de estar perdido, proviene, en parte, del terreno que pisamos los psicólogos cada día. Un campo en el que proliferan una ingente cantidad de teorías, enfoques y prácticas diferentes. Los metaanálisis intentan paliar esta sensación comparando la efectividad de técnicas provenientes de distintas corrientes con la intención de llegar a comprobar cuál es la práctica más apropiada. Sin embargo, la conclusión oficial de la APA (2013) después de comparar diferentes modelos psicoterapéuticos es que: “A diferencia de las marcadas diferencias en cuanto a mejoría entre los pacientes tratados con psicoterapia y los que no, las diferentes formas de psicoterapia producen típicamente resultados relativamente similares”. Y las revisiones sobre el tema corroboran dicha conclusión dado que, en general, ningún modelo psicoterapéutico muestra ser más efectivo que los demás (Botella, Maestra, Feixas, Corbella, y Vall, 2015). Así, si somos psicólogos cognitivos podemos empezar a pensar que nuestras teorías no son más explicativas que las psicoanalíticas, o si pertenecemos a una corriente más humanista podemos llegar a la conclusión de que nuestras terapias no son más efectivas que las sistémicas, o si … en definitiva que nuestro camino no es el camino. O que todos los caminos son el camino. Las resistencias ante las evidencias empíricas que no muestran la superioridad de ningún enfoque son obvias porque, a pesar de que ya hace tiempo que se está empezando a observar la similitud entre las corrientes (French, 1933; Rosenzweig, 1936), cada día alimentamos más la multiplicidad. Y es que aceptar la realidad significa cambiar nuestro sistema de creencias. Y eso no sólo resulta difícil a nuestros pacientes…

Si nos desapegamos de la perspectiva teórica con la que nos sentimos identificados, y nos abrimos a la idea casi mística de que “todas las terapias son una”, o dicho de otro modo que existe una corriente subterránea que iguala a todas las técnicas, aparece la pregunta: ¿Cuá- les son los factores comunes entre las terapias responsables de su efectividad? Diversos autores han presentado distintas categorizaciones (véase las revisiones de Botella y Maestre, 2016 y Laska, Gurman y Wampold, 2014). Los factores comunes o inespecíficos son invisibles, su insustancialidad conlleva que se pueden clasificar de innumerables formas. En estas páginas, presentamos nuestra propia forma de categorizar estos factores subterráneos. No es una categorización que pretenda suplantar a ninguna otra, no tiene ninguna pretensión, simplemente llevar a cabo una reflexión sobre el tema que quizás pueda resultar de utilidad al lector. La realidad es una, la naturaleza es una. Los humanos para entenderla la categorizamos, la dividimos en conceptos. Es una estrategia muy útil para entender la realidad, el único inconveniente se presenta cuando confundimos nuestros conceptos con la realidad misma y nos olvidamos de que las divisiones son artificiales. La realidad puede, por tanto, ser “troceada” de distintas formas. Las autoras a partir de nuestra experiencia investigadora y clínica hemos llegado a una determinada visión de la realidad psicológica. Esa realidad podía ser presentada en este artículo; esto es, dividida de distintas formas, finalmente hemos decidido categorizarla en siete conceptos. La clasificación que presentamos no intenta que sus categorías sean mutuamente excluyentes. Y el hecho de que sean siete y no seis u ocho es meramente simbólico. Hemos querido utilizar el número mágico de la psicología el: 7. George Miller en su estudio ya clásico: “The magical number seven...” (1956) demostró que los límites de nuestra capacidad de procesar información (memoria a corto plazo) eran de 7 unidades con significado. De ahí los 7 secretos mágicos de la efectividad terapéutica.

 

Secreto nº 1: Escucha/Presencia. El regalo más grande que le damos a quien acompañamos es una presencia cuidadosa nomanipuladora. La técnica puede ser muy útil, pero a la larga no es significativa si falta esta presencia. Edwin McMahon y Peter Campbell

Secreto nº 2: Creatividad. La creatividad vive enterrada bajo el pensamiento: “que me salga bien por favor, que no me salga de la raya”. Sergi Torres.

Secreto nº 3: Intención. El propósito es una fuerza que existe en el universo. Cuando los hechiceros (los que viven de la Fuente) llaman al propósito, él acude y señala el camino de la realización, lo que significa que los hechiceros siempre consiguen lo que se proponen. Carlos Castañeda.

Secreto nº 4: Placebo. Cuando esperas que algo suceda, tu cerebro hace que suceda. Dan Ariely.

Secreto nº 5: Poesía. El don del poeta es aclarar sin simplificar. Es casi exactamente opuesto al don de la ciencia, que es buscar comprender mediante la simplificación. Iona Heath.

Secreto nº 6: Latidos. Yo soy mi prójimo Publio Terencio Africano.

Secreto nº 7: Misterio Todas las religiones, artes y ciencias son ramas del mismo árbol. Albert Einstein.

 

CONCLUSIONES:

Conozca todas las teorías, domine todas las técnicas, pero al tocar una alma humana sea apenas otra alma humana Carl G. Jung Los factores inespecíficos parecen ser más predictores de los resultados clínicos que cualquier técnica (Day, Halpin, y Thorn, 2016; Laska, et al., 2014). De hecho, los metaanálisis indican tamaños del efecto elevadosmoderados de los factores inespecíficos, unos tamaños mayores que los que presentan las diferencias entre tratamientos (Laska, et al., 2014). Eso nos podría sumir en la indefensión, podríamos llegar a pensar que todos nuestros esfuerzos, investigaciones, estudios, no sirven para nada, pero ese sentimiento sería equívoco porque gracias a nosotros, independientemente de nuestro enfoque, muchas personas salen de su sufrimiento. Lo que ocurre es que parece que la clave de la eficacia de lo que hacemos no se encuentra donde nosotros pensamos. Tal como concluyen González-Blanch y Carral-Fernández (2017) en su excelente revisión crítica sobre este tema publicada en esta misma revista:

“El enfoque de los factores comunes amplía la visión de la psicoterapia al poner el énfasis de la explicación del cambio en aspectos que van más allá de protocolo de tratamiento y del modelo teórico que lo guía. Se supera así un símil sobresimplificado de los ingredientes activos del modelo médico”. Es extremadamente difícil saber lo que provoca cambios en el paciente. Eso no debería extrañarnos dado que en muchas ocasiones ni él mismo es consciente de lo que lo ha provocado. Y aunque, pueda llegar a verbalizar el porqué del cambio no podemos estar seguros de si su explicación es una mera racionalización, una teoría que ha fabricado pero que no tiene nada que ver con lo que de forma inconsciente ha sucedido. Exactamente lo mismo ocurre con nosotros, con nuestras teorías, en gran medida, son racionalizaciones con las que nos sentimos satisfechos porque nos parece que ponemos orden en la complejidad del mundo psicológico. El interruptor del cambio se halla flotando en algo que sucede entre nosotros y los pacientes. Algo volátil, inaprensible, invisible,… que es difícil de captar con la lógica y de estructurar. Una de las etiquetas más concretas con la que los estudios intentan manejar este concepto, bajarlo más a lo empírico es el de “alianza terapéutica“ (Kidd, Davidson, y McKenzie, 2017). En estas páginas nos hemos permitido no adherirnos ni siquiera a esta etiqueta, para tratar la insustancialidad del tema de forma más libre. Así hemos presentado una división de 7 puntos, conscientes que podrían ser más o menos y ser explicados desde muchas ópticas diferentes. Hemos intentado describir algo que no vemos, que no tocamos, que no olemos,… hemos descrito algo basándonos solo en atisbos. Conscientes además de que estos atisbos son subjetivos. ¿Por qué en las facultades de psicología no tratamos (casi) los factores comunes que existen entre las terapias? Pues porque son difíciles de plasmar en la pizarra, de atrapar en un PowerPoint, de evaluar en un examen… Son demasiado escurridizos sobre el papel. Así que seguimos centrados en lo más fácil de explicar por puntos o con guiones ordenados. Cuando un alumno se matricula de primero de psicología lo hace lleno de expectativas, pensando que entrará en el misterio de la mente humana, dentro del mundo del inconsciente, dentro de un universo mágico. A los profesores nos enternece esta visión, sabemos que no es lo que se va encontrar. Desde el primer día le vamos a afirmar de manera repetida que la psicología es ciencia y vamos a estructurar su mente como un Excel para que sepa diferenciar las diferentes patologías, las distintas especialidades, las metodologías, sobre todo debe entender las diferencias, debe aprender a dividirlo todo. Al acabar el grado, suele tener la sensación de que no sabe nada, de que existen muchas casillas de ese Excel en que hemos troceado la psicología que desconoce, muchas técnicas de las que ha oído el nombre pero nada más, así empieza su andadura hacia los cursos de postgrado, másters y doctorados, esperando encontrar algo que llene esa sensación de no-saber que nunca se ve colmada. Una sensación que de forma más o menos sólida sigue perdurando a lo largo de su (nuestro) camino profesional. En el terreno de la investigación los factores inespecíficos son simples actores secundarios, los papeles de protagonista están en manos de los protocolos terapéuticos. Lo que más importa en la investigación es publicar, y para que un artículo sea aceptado lo primordial es la metodología empleada. Esto nos lleva a que podemos investigar algo totalmente irrelevante pero con una metodología intachable y es publicado, pero a la inversa no pasa nunca. Los factores inespecíficos por su condición casi etérea son difíciles de encajar dentro de muchas metodologías. Así que acabamos estudiando lo investigable, no lo importante. Investigar lo investigable no es el problema. El problema es que lo que no cae dentro de las redes de la ciencia, pasa a no existir. De ahí nuestra ceguera. Afortunadamente, están surgiendo nuevas metodologías más flexibles y enfoques más integrativos. Si pasamos de la docencia y la investigación a la psicología aplicada, algunos psicólogos optan por aferrarse a sus teorías casi como a un salvavidas, aunque cada vez más terapeutas van cambiando hacia una mirada más integradora y muchos se autodefinen como eclécticos (Botella et al., 2015). Como afirman Corbella y Botella (2004): “se abre ante nosotros un futuro que vendrá marcado por un creciente interés por las posturas integradoras en psicoterapia”. Profesores, investigaciones, psicólogos aplicados… andamos todos demasiado tensos. Perdidos entre tantos datos. Descentrados. Quizás nuestra mirada comprensiva la dirigimos más a nuestros pacientes que a nosotros mismos. Ante nosotros tenemos el misterio de la naturaleza humana y pretendemos entenderlo desde dentro. Anhelamos comprenderlo y controlarlo a la perfección. Si nuestros pacientes fuéramos nosotros mismos seguramente les diríamos que no se exigieran tanto, que dejaran de analizar tanto, que confiaran más es su intuición, en todo el potencial que llevan dentro. Probablemente la “parte científica” del lector haya encontrado este artículo poco riguroso y echando de menos una fundamentación más teórica. Y es que las presentes páginas no pretendían, ni ser una revisión, ni ofrecer una taxonomía alternativa a las que ya existen sobre factores inespecíficos. Ni tan solo tenía como objetivo llegar a conclusión alguna. De hecho más que ordenar ideas pretendía desordenarlas, porque la reflexión se promueve cuando tenemos que volver a ordenar ideas de diferente forma. Este artículo por tanto no apela a la parte científica sino a la parte humilde del lector, a la que reconoce que la naturaleza humana es un misterio. Esa parte humilde es la que nos permite abrir la mente y como decía Kuhn (1962) abrir la mirada nos lleva a nuevos paradigmas. La humildad es el recurso más potente del que disponemos para caminar hacia la convergencia de los distintos enfoques, dirigirnos hacia lo más esencial y para dejar espacio a todo lo que no entendemos. Y lo más maravilloso es que esa misma humildad nos multiplica la consciencia de lo fascinante que resulta nuestra profesión.

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MAYO 2018

ANÁLISIS DE REDES EN PSICOLOGÍA

Eduardo Fonseca-Pedrero Universidad de La Rioja. Centro de Investigación Biomédica en Red de Salud Mental (CIBERSAM), Oviedo

 

El objetivo general de este trabajo es introducir un nuevo enfoque denominado análisis de redes (network analysis) para su aplicación al campo de la psicología. Básicamente, se trata de presentar el modelo de redes, de forma breve, amena, sencilla y, en la medida de lo posible, alejada de tecnicismos y aparataje estadístico. Es un breve bosquejo cuya finalidad es, por un lado, dar los primeros pasos en el análisis de redes, y por otro, mostrar las implicaciones teóricas y clínicas subyacentes a este modelo. En primer lugar, se comentan los orígenes de este enfoque y la forma de comprender los fenómenos psicológicos, concretamente las variables de tinte psicopatológico. Se abordan los conceptos de red, nodo y arista, los tipos de redes y los procedimientos para su estimación. Seguidamente, se explican las medidas de centralidad y se mencionan algunas aplicaciones al campo de la psicología. Posteriormente, se ejemplifica en un caso concreto, estimando y analizando una red de rasgos de personalidad dentro del modelo de los Big Five. Se aporta la sintaxis correspondiente para que el lector pueda practicar. Finalmente, a modo de conclusión, se realiza una breve recapitulación, se comentan algunas notas de reflexión y líneas de investigación futuras

La psicología, desde sus orígenes, no ha cesado en su empeño por mejorar la comprensión de la conducta humana. Este continuo acicate ha impulsado el desarrollo de diferentes modelos psicológicos que, en esencia, tratan de avanzar en el conocimiento del comportamiento y los procesos psicológicos (en su sentido amplio). Los nuevos modelos teóricos y psicomé- tricos tal vez permitan incorporar un prisma alternativo con el que conceptualizar y repensar los fenómenos psicológicos. El modelo de redes, la teoría del caos o la teoría de los sistemas dinámicos son solo algunos ejemplos que, aunque son temas clásicos en algunas disciplinas científicas, se están incorporando en la ciencia del comportamiento humano (Nelson, McGorry, Wichers, Wigman, y Hartmann, 2017). Especialmente interesante son las aportaciones del modelo de redes para el análisis de variables psico(pato)lógicas (Borsboom, 2017; Borsboom y Cramer, 2013). Esta nueva forma de comprender e intervenir en la conducta tiene enormes posibilidades ya que puede, entre otros aspectos, motivar formas alternativas de analizar datos, sugerir maneras diferentes de modelar y analizar las relaciones entre variables (p.ej., síntomas, signos, procesos psicológicos, rasgos de personalidad, desencadenantes ambientales, consumo de sustancias, etc.), diseñar nuevas formas de prevención e intervención y/o incluso mejorar la búsqueda de mecanismos etiológicos. Dentro de este contexto el objetivo de este trabajo es realizar una introducción al análisis de redes en psicología. Se trata de presentar el modelo de redes, de forma breve, amena, sencilla y, en la medida de lo posible, alejada de ciertos tecnicismos y el complejo aparataje estadístico. La meta es que sirva de tutorial ntroductorio al profesional de la psicología y que permita, por un lado, dar los primeros pasos en el análisis de redes, y por otro, comprender las implicaciones teó- ricas y clínicas subyacentes a este modelo. El hilo de exposición en el presente trabajo será el siguiente. En primer lugar, se comentan los orígenes de este enfoque así como la forma que tiene de comprender los fenómenos psicológicos, concretamente las variables de tinte psicopatológico. Se abordan los conceptos de red, nodo y arista, los tipos de redes y los procedimientos para su estimación. Seguidamente, se explican las medidas de centralidad y se mencionan algunas aplicaciones al campo de la psicología. Posteriormente, se ejemplifica en un caso concreto, estimando y analizando una red de rasgos de personalidad dentro del modelo de los Big Five. Se aporta la sintaxis correspondiente para que el lector pueda practicar. Finalmente, a modo de conclusión, se realiza una breve recapitulación, se comentan algunas notas de reflexión y se exponen líneas de investigación futuras.

El propósito de este artículo fue realizar una introducción al análisis de redes psicológicas. En esencia se trató presentar, de forma totalmente didáctica, este fértil acercamiento al profesional de la psicología. Actualmente, el modelo de redes se presenta en la sociedad como un enfoque prometedor en la forma de conceptualizar la psico(pato)logía (Fried y Cramer, 2017). De hecho, algunos autores creen que el análisis de redes puede transformar en cierta medida el campo de la psicopatología (McNally, 2016). Desde el modelo de redes ni una variable latente subyacente sería la causa de la covarianza de los síntomas, ni los síntomas serían indicadores intercambiables de un trastorno subyacente. En consecuencia, los síntomas no reflejan trastornos mentales subyacentes, son constitutivos de ellos. Por ello, el análisis de redes puede tener un papel relevante en la comprensión de los fenó- menos psicopatológicos, soslayando las limitaciones del modelo médico basado en una causa latente común. Además el análisis de redes puede arrojar pistas sobre los mecanismos psicológicos que subyacen al desarrollo y mantenimiento de los problemas de salud mental. Es esencial incorporar diferentes ópticas y perspectivas que ayuden a repensar, en cierto modo, el comportamiento humano (en sentido amplio). No cabe duda que la comprensión y estudio de la conducta humana es una labor compleja, donde operan una infinita cantidad de variables procedentes de múltiples niveles de análisis (biológico, psicológico y social). En cualquier caso, ayude a cambiar o no el modelo de redes el actual abordaje epistemológico y metodológico de la psicología, en concreto de la psicopatología, al menos este acercamiento se presenta como una nueva aproximación a partir de la cual observar, medir, analizar, comprender e intervenir en los fenómenos psico(pato)lógicos (Fonseca-Pedrero, 2017). En esencia, trata de dar respuesta a ciertos problemas de los que adolece algunas áreas de la psicología actual como pudiera ser superación de la noción de variable latente y supuesta causa subyacente. Obviamente el análisis de redes no se debe ver como algo incompatible con otros acercamientos teóricos y metodológicos, sino como un enfoque complementario. Su correcto uso y su utilidad dependen del objetivo de estudio y de los intereses particulares del clínico o el investigador así como de otros aspectos referidos al buen uso y calidad de los instrumentos de medida (FonsecaPedrero y Muñiz, 2016, 2017; Hernández, Ponsoda, Muñiz, Prieto, y Elosua, 2016). La investigación en análisis de redes se encuentra en estos momentos en su infancia, por lo que es necesario seguir trabajando en la construcción de un modelo científico sólido y refutable e incorporar nuevas evidenciascientíficas (Borsboom, 2017). Obviamente, este modelo no está exento de ciertas limitaciones y algunos autores han realizado ciertas reflexiones cautelares (Guloksuz, Pries, y van Os, 2017; Wichers, Wigman, Bringmann, y de Jonge, 2017). Primero, los estudios bajo esta perspectiva llevan un claro coste de tiempo, sobre todo aquellos que realizan seguimientos longitudinales de los participantes. Segundo, todavía los modelos psicométricos de redes no están consolidados y son computacionalmente complicados, incluso para los expertos en la materia. Tercero, se debe distinguir aquellos estudios científicos que permiten un análisis bajo esta perspectiva respecto a los que no, esto es, no todos los trabajos se tienen que ver desde el prisma de redes. Cuarto, el mé- todo de redes con su impresionante y elegante tecnología puede ir en detrimento de análisis cualitativos narrativos y clasificaciones prototípicas más que politéticas. Quinto, las redes psicológicas suponen y a la vez tienden a homogeneizar los síntomas, cuando los mismos síntomas podrían ser cualitativamente distintos, aspecto que requiere de un análisis fenomenológico (Parnas, 2015; Pérez Álvarez, 2012; Pérez-Álvarez y García Montes, 2018; Sass, 1992). Sexto, no se debe incurrir en una especie de metodologicismo, esto es, el método debe estar al servicio de los temas y problemas de la psico(pato)lógica y no a la inversa. Séptimo, se debería contemplar la necesidad de incorporar el error de medición en la estimación de la red. Muchas líneas de investigación interesantes se abrirán paso en los próximos años. Primero, sería interesante desplazarse hacia modelos de redes multinivel que permitan integrar aquellos estudios que recaban información proveniente de múltiples niveles de análisis, dentro de una estrategia traslacional e interdisciplinar. Segundo, sería conveniente comenzar a analizar el comportamiento desde una perspectiva dinámica (longitudinal), personalizada (individual) y de estadificación (niveles de gravedad) (Fusar-Poli, McGorry, y Kane, 2017; Nelson et al., 2017; van os et al., 2013), incluyendo la posibilidad de diseñar estrategias de diagnóstico, intervención o incluso análisis funcionales del comportamiento. Por ejemplo, se podrían diseñar intervenciones individualizadas en función de la estructura de red estimada y conectividad de los signos y síntomas. Cuarto, sería interesante hacer programas y paquetes estadísticos más sencillos y “amigables” que pudieran ser usados por el profesional de la psicología, aspecto que permitiría, entre otros, el establecimiento de relaciones entre síntomas a la escala en la que trabaja el clínico. El modelo de redes representa un avance en el abordaje, comprensión y medición de los fenómenos psicológicos. Como no puede ser de otro modo, futuros estudios determinarán la verdadera utilidad y calado del modelo de redes en psicología. Sea como fuere, el camino por recorrer es cuanto menos apasionante.

 

ABRIL 2018

Suicidio en niños y jóvenes

 

El Centro de Salud Mental de Reino Unido (Centre for Mental Health) ha publicado un nuevo informe, fruto de un estudio reciente sobre suicidio en niños y adolescentes. Dicho estudio se llevó a cabo con el propósito de analizar los antecedentes de suicidio en niños y jóvenes menores de 24 años, determinar los factores precipitantes y su frecuencia, examinar el papel que juegan los servicios de apoyo, y establecer recomendaciones orientadas a la prevención de este grave problema.

Para tal fin, se analizaron 922 casos de suicidios de personas menores de 25 años de Inglaterra y Gales durante los años 2014 y 2015. La información procedía de investigaciones realizadas por organismos oficiales -principalmente de informes forenses-, así como de la información obtenida por parte de familias y profesionales.

El informe, publicado bajo el título Suicide in Children and Young People, recoge las principales conclusiones del estudio, que resumimos a continuación:

  • Del análisis de la cifra de suicidios por edad y género, se desprende que el número de casos de suicidio aumentó constantemente con la edad, hasta la adolescencia tardía o inicio de los 20 años. La mayoría de los fallecidos eran varones (76%) y las diferencias de género se incrementaron a partir de los 20 años de edad.

  • Si bien los menores de 20 años y entre los 20 y 24 años tenían muchos antecedentes en común, se observó un patrón de cambio, que reflejaba los estresores experimentados a diferentes edades. La presión académica y el bullying eran los estresores más comunes antes del suicidio en menores de 20 años, mientras que los problemas laborales, de vivienda y financieros se producían con más frecuencia entre los 20-24 años.

  • Se detectaron una serie de problemas comunes entre los menores de 20 años, tales como problemas de salud mental en la familia, abuso y negligencia, la muerte de un ser querido, bullying, suicidio relacionado con el uso de Internet, presión académica –especialmente relacionada con los exámenes-, aislamiento social, condiciones de salud física, abuso de alcohol y drogas ilegales, o enfermedades mentales, autolesiones e ideas suicidas.

  • El duelo por la pérdida de un ser querido destaca como un problema común en los dos grupos de edad (en el 25% de los menores de 20 años y en el 28% de los jóvenes entre 20-24 años de edad). Entre los menores de 20 años, hubo más casos de antecedentes de duelo por suicidio de un familiar o amigo (11% vs. 6%).

  • Los casos de suicidio en estudiantes menores de 20 años sucedieron principalmente durante los meses de exámenes. Sólo el 12% reportó estar haciendo uso de los servicios de orientación escolar.

  • El 9% de los menores de 20 años que murieron por suicidio, habían sido "niños tutelados". Se hallaron altas tasas de problemas domésticos e ideas suicidas.

  • Se informó que el 6% de los menores de 20 años y el 3% de entre 20 y 24 años eran LGBTi; una cuarta parte de los menores de 20 años habían sufrido acoso por su orientación sexual.

  • El uso de Internet relacionado con el suicidio se reportó en el 26% de las muertes en menores de 20 años y el 13% en los de 20-24 años, lo que equivale a 80 muertes al año. En la mayoría de casos, consistió en la búsqueda de información sobre los diferentes métodos de suicidio o la publicación de mensajes relacionados con este contenido.

  • Se informó de autolesiones en el 52% de los menores de 20 años y el 41% de los 20-24 años.

  • En los casos en los que las familias consideraban que el suicidio había sido inesperado, se detectó que los jóvenes fallecidos no habían hablado con nadie sobre el suicidio, y presentaban bajas tasas pero significativas de estrés.

  • Aproximadamente el 40% de niños y jóvenes en ambos grupos de edad había estado en contacto reciente con los servicios de atención -sólo el 26% recibieron atención en salud mental.

  • La colaboración interinstitucional fue variable y el reconocimiento del riesgo de suicidio bajo.

A razón de los datos obtenidos, el informe finaliza estableciendo una serie de consideraciones clave:

  1. El suicidio en los jóvenes rara vez se debe a una sola causa, generalmente, es consecuencia de una combinación de vulnerabilidad previa y eventos recientes.

  2. Los estresores identificados antes del suicidio son comunes a todos los jóvenes, la mayoría no suele ocasionar estas graves consecuencias.

  3. El apoyo y la intervención sobre factores determinantes como los mencionados con anterioridad (ej.: enfermedad mental en la familia, bullying, presión académica, etc.), son clave en la prevención del suicidio.

  4. Es necesario emprender acciones específicas en los grupos destacados con anterioridad: (1) apoyo a los jóvenes en duelo, especialmente por el suicidio de un ser querido, (2) conceder más prioridad a la salud mental en colegios y universidades, (3) alojamiento y atención de la salud mental para los niños tutelados, (4) Apoyo a la salud mental de los jóvenes LGBTi.

  5. Es fundamental llevar a cabo más esfuerzos para eliminar la información que se difunde en Internet sobre métodos de suicidio, así como fomentar la seguridad on-line, especialmente para los menores de 20 años.

  6. La prevención del suicidio en niños y jóvenes es un objetivo compartido por los organismos de primera línea; Es necesario mejorar el acceso, la colaboración y el control de los riesgos. Una transición posterior, más flexible a los servicios para adultos sería más consistente con el hallazgo de antecedentes a través del rango de edad.

  7. Los servicios que atienden los casos de autolesiones son clave para la prevención del suicidio en niños y jóvenes, y deben trabajar con servicios de intervención con el abuso de alcohol y drogas, factores que están relacionados con el suicidio.

El estudio puede descargarse directamente a través del siguiente enlace:

Suicide by children and young people. National Confidential Inquiry into Suicide and Homicide by People with Mental Illness (NCISH). Manchester: University of Manchester, 2017

 

MARZO 2018

Síntomas ansioso-depresivos en niños y su relación con los estilos educativos de los padres

David Pineda Universidad Nacional de Educación a Distancia, Facultad de Psicología.

Rosa María Valiente Universidad Nacional de Educación a Distancia, Facultad de Psicología.

Ana Martínez-Martínez Thinkids Psicología, Elche

Paloma Chorot Universidad Nacional de Educación a Distancia, Facultad de Psicología.

Bonifacio Sandín. Universidad Nacional de Educación a Distancia, Facultad de Psicología.

 

La evidencia reciente indica que la psicopatología del niño está determinada por múltiples factores, tanto personales como familiares y sociales. Entre los factores familiares cabe destacar la influencia de las prácticas de crianza de los progenitores. Sin embargo, la relación entre las prácticas educativas de los padres y los síntomas de ansiedad y depresión de los niños, en función de sexo de los padres ha sido menos estudiada. Los objetivos de esta investigación han sido examinar la relación entre las prácticas educativas parentales y los síntomas interiorizados de los niños, así como las posibles diferencias en función del sexo de los progenitores; un segundo objetivo ha sido explorar el papel que la edad y el sexo de los niños pueden desempeñar en estas relaciones. Estas cuestiones fueron examinadas en una muestra por conveniencia de 211 niños con edades comprendidas entre los 7 y los 12 años. En general, los resultados obtenidos apoyan la hipótesis de las diferencias en función del sexo de los progenitores. Las prácticas de crianza de la madre parecen relacionarse con una mayor probabilidad de sufrir trastornos ansioso-depresivos, mientras que el estilo del padre podría jugar un papel protector frente a estas patologías. Se discuten los resultados encontrados en base a la literatura existente y se proponen algunos aspectos que debería abordar la investigación futura

La evidencia reciente indica que la psicopatología del niño está determinada por múltiples factores, tanto personales como familiares y sociales. Entre los personales se incluyen los factores de riesgo (p.ej., inhibición conductual, afectividad negativa, sensibilidad a la ansiedad) (Ordóñez-Ortega, Espinosa-Fernández, García-López, y Muela-Martínez, 2013; Valiente, Sandín, y Chorot, 2012) o protección (p.ej., resiliencia) (Rutter, 2003). Los factores familiares incluyen tanto factores relacionados específicamente con los padres (p.ej., los trastornos mentales, el consumo de sustancias, etc.) (Vostanis et al., 2006; Zlomke, Lamport, Bauman, Garland, y Talbot, 2014), como aspectos referidos a las interacciones entre los padres y el hijo, tales como el apego, los estilos de crianza o las prácticas parentales (Romano, Tremblay, Boulerice, y Swisher, 2005). La influencia de las prácticas de crianza de los padres en el comportamiento de sus hijos ha sido ampliamente estudiada desde mediados del siglo pasado. Estos primeros trabajos con un enfoque más tipológico, se centraron en analizar los componentes de los estilos educativos y su clasificación (Baumrind, 1968; Maccoby y Martin, 1983). Posteriormente estos trabajos se han ido complementando con otras investigaciones que conciben el estilo educativo como un continuo en una serie de dimensiones. Hoy en día se concibe el estilo educativo desde un modelo bidireccional que entiende que el niño no es un mero receptor pasivo de los estilos educativos, y que las características personales del niño también influyen en el trato paterno, y por tanto el estilo educativo es el resultado de la interacción entre las características de los padres y las de los hijos (Tur, Mestre, y del Barrio, 2014). Existe abundante evidencia acerca de la relación entre los estilos de crianza y los síntomas emocionales en niños, sin embargo la relación de esta asociación con el sexo del progenitor ha sido menos estudiada. Los objetivos de este trabajo han sido examinar la relación entre las prácticas educativas parentales y los síntomas interiorizados de los niños y si existen diferencias en función del sexo de los progenitores; un segundo objetivo ha sido explorar el papel que la edad y el sexo de los niños pueden desempeñar en estas relaciones. Se espera que las prácticas de crianza más eficaces (implicación parental, crianza positiva y disciplina apropiada) predigan unos menores niveles de ansiedad y depresión, mientras que aquellas prácticas de crianza menos eficaces (disciplina inconsistente, pobre supervisión y disciplina severa) estarán relacionadas con mayores niveles de síntomas de ansiedad y depresión. Se prevé que el sexo de los progenitores tenga un efecto mediador en estas relaciones. Así mismo, se espera que la edad y el sexo de los niños mediará la relación entre las prácticas parentales y la sintomatología ansioso-depresiva de los niños.

Los objetivos de esta investigación han sido examinar la relación entre las prácticas educativas parentales y los síntomas interiorizados de los niños y si existen diferencias en función del sexo de los progenitores, por un lado y explorar el papel que la edad y el sexo de los niños pueden desempeñar en estas relaciones por otro. En general, los datos obtenidos apoyan las hipótesis de los autores aunque con algunos matices. Aunque hemos encontrado diferencias de sexo en las prácticas educativas desarrolladas por los padres, el sexo de los niños no parece ser un buen predictor de los síntomas de ansiedad y depresión. Si bien algunos estudios previos han mostrado importantes diferencias en función del sexo (Mestre, Samper, Tur, y Díez, 2001), otros sin embargo no han podido encontrar estas diferencias (Musitu y Cava, 2003), parece por tanto que la relación entre el sexo de los menores y la percepción del estilo educativo de los padres puede resultar un tanto esquiva. Por su parte, la edad sí ha resultado relevante en la predicción de síntomas, mostrado una asociación negativa y estadísticamente significativa con muchos de los trastornos. En general, los resultados reportados por la investigación, sostienen la idea de que, a medida que los niños se van desarrollando, perciben una disminución del apoyo e implicación de ambos padres. Estas diferencias bien podrían deberse al cambio efectivo de estrategias educativas por parte de los progenitores (Rodríguez, Barrio, y Carrasco, 2009). Sin embargo, nuestros resultados apuntan que también cambiaría la influencia que estos estilos tienen sobre los menores, con independencia que haya una evolución en la estrategia educativa de los padres. A la vista de estos resultados podemos considerar la edad como un factor de protección para la sintomatología ansioso-depresiva en general y más concretamente para la depresión, la ansiedad por separación y los síntomas de obsesión-compulsión asociados a las practicas parentales, esto es a mayor edad de los niños, menor efecto tienen estas prácticas en la sintomatología que presentan. En lo relativo a la implicación educativa de los progenitores, y en concreto la implicación materna, lejos de ser un factor de protección, parece que puede estar relacionada con la aparición de sintomatología obsesiva-compulsiva. Esta relación diferencial de ambos progenitores ya había sido reportada con anterioridad, por ejemplo Conell y Goodman, en un trabajo de meta-análisis, han confirmado la presencia de esta asociación diferencial entre la psicopatología del padre/madre y los síntomas internalizados de los hijos (Connell y Goodman, 2002). Los resultados del análisis de la fiabilidad del APQ para esta muestra parecen adecuados, aunque cabe decir que dos de ellas no alcanzarían valores de .60 que representa el valor mí- nimo exigible a una escala para considerarla suficientemente fiable como para usarla en una investigación (Nunnally, 1978). A la vista de estos resultados, pueden ser necesarios realizar nuevos trabajos de análisis factorial que mejoren, o en caso necesario incluso prescindan, de alguna de las escalas del APQ. Alguna de las limitaciones de este trabajo ha sido el tamaño muestral, pues se trata de una muestra amplia, aunque no lo suficiente para asegurar la estabilidad de la matriz de correlaciones. Otra de las limitaciones ha sido la selección de la muestra, dado que han sido participantes seleccionados de una provincia concreta y puede que los resultados no sean totalmente equiparables al resto de la población. También ha sido una limitación la transversalidad de los datos. Futuras investigaciones deberían explorar estos resultados con diseños de corte longitudinal, muestras más amplias y con mayor representatividad. Para concluir, cabe destacar que estos resultados puede tener importantes implicaciones en la práctica clínica, por ejemplo a la hora de tomar decisiones sobre la custodia de un menor, parece que no debe considerarse una determinada conducta educativa en ambos progenitores por igual, puesto que la repercusión que puede tener en los menores parece ser distinta en función de si es el padre o la madre quien exhibe el comportamiento. Algo similar ocurre con la edad de los menores donde vemos como el estilo educativo de los progenitores va perdiendo relevancia.

 

FEBRERO 2018

Efectos del conflicto parental postdivorcio en la adaptación y bienestar de los hijos.   

Alicia Sanchis Castelló Licenciada en Psicología. Master Universitario en Psicología Jurídica. Preven3

Cristina Robredo Torres Servicio de Psiquiatría Hospital Casa de Salud, Valencia.

Raquel Llop Pérez Centro Forenpsic, Valencia

Enrique J. Carbonell Vayá Instituto Universitario en Criminología y Ciencias Penales. Universitat de València

 

Desde el ámbito de la psicología, conocer y entender lo mejor posible las causas y consecuencias de las disoluciones conyugales es cada vez más necesario, con el objetivo de mitigar al máximo los perjuicios que pueda suponer para cualquiera de los miembros de la familia, pero sobre todo para los hijos menores. Al inicio de las investigaciones en este campo, el objeto central era la relación entre la ruptura de los cónyuges y la repercusión emocional en los hijos en comparación con familias intactas. En cambio, desde hace ya unos años se ha visto que es necesario tener en cuenta variables más concretas como las relaciones paterno-filiales previas, el nivel de conflicto entre progenitores, la percepción que tengan los menores de dicho conflicto, características individuales de los hijos, cambios en los recursos económicos familiares, estilo educativo, el tiempo que pasan los menores con cada progenitor, etc. (Catalán, 2015; Kelly y Emery, 2003; Fariña, Arce, Novo y Seijo, 2014). Amato (2014) propone que el malestar psicológico de los hijos puede ser consecuencia en parte de la separación como evento traumático y también resultado de factores de riesgo previos de los progenitores como por ejemplo rasgos de personalidad problemáticos o peores habilidades sociales. Algunos de los estudios que comparan familias monoparentales o reconstituidas con familias intactas, indican que el divorcio supone con frecuencia un perjuicio en el estado psicoló- gico de los menores (Fariña et al., 2014; Fariña, Martinón, Souto y García, 2014) que puede manifestarse a través de una mayor solicitud de atención psicológica y psiquiátrica (Amato, 2014; Seijo, Novo, Carracedo y Fariña, 2010), peor rendimiento académico (Catalán 2015; Novo, García y Carracedo, 2014), en forma de regresión o adquiriendo comportamientos más propios de adultos (Catalán, 2015). Además, Boone Holladay (2016) refiere que las consecuencias psicológicas para los menores son, con frecuencia, graves y duraderas. En cambio, otras investigaciones señalan que el divorcio de los progenitores no siempre es un evento traumático o desagradable, sino que en ocasiones puede tener un efecto positivo sobre los hijos (Fariña, Seijo, Arce y Vázquez, 2017; Haimi y Lerner, 2016). En todo caso, en una investigación realizada por Morgado y González (2001) encontraron que unos cuatro años después de la ruptura de los progenitores, los menores se encontraban dentro de la media en competencia escolar, social, problemas de comportamiento y autoestima, diferenciándose de forma muy ligera de los hijos provenientes de familias intactas. Investigaciones que tratan de hilar un poco más fino, hablan de que el hecho de que los padres rompan su relación no es el factor más relevante a la hora de explicar el bajo estado de ánimo y el desajuste de los hijos, sino que es la relación conflictiva entre los progenitores después de la separación la que ejerce una influencia directa en su bienestar (Tejedor, 2012) produciendo ansiedad, estrés, síntomas depresivos y/o problemas de inadaptación (Jiménez y Cano, 2014; Pons-Salvador, 2007; Pons-Salvador y Del Barrio, 1995). Además, se ha observado que el bienestar de los menores está más garantizado en una familia reconstituida en la que no hay conflicto que en una intacta con altos niveles de conflictividad (Catalán, 2015).

Si los niños son testigos de frecuentes disputas entre sus padres, escuchan críticas de uno respecto al otro y, sobre todo, si se sienten parte de ese conflicto, es probable que presenten mayores niveles de ansiedad, miedo al abandono, problemas de conducta y depresión (Arch, 2010; Pons-Salvador, 2007). Por supuesto, la ruptura produce confusión y malestar igual que cualquier otro evento vital estresante pero el proceso adaptativo puede ser satisfactorio si los recursos de la familia son los adecuados. Como prueba de ello, algunos estudios informan de que las parejas que se separan de forma saludable y proactiva, mantienen la relación con sus hijos prácticamente intacta (Arch, 2010, Fariña et al., 2017; Ríos-Sarrió, 2009). Otros factores protectores que han demostrado su efecto para paliar el desajuste postdivorcio son el estilo educativo asertivo, equilibrando la firmeza con el apoyo emocional (Catalán, 2015) y la adaptación psicológica a la separación del progenitor custodio (Kelly et al., 2003). Otro factor importante en el proceso de adaptación de los niños es la relación previa a la separación que existía entre ellos y sus progenitores. Di Domenico (2006) realiza una pequeña revisión y encuentra que, si antes de la separación existe un vínculo de apego seguro entre padres e hijos, el niño no tiene miedo al abandono ni percibe que su relación con sus progenitores pueda deteriorarse, por ello lo más probable es que presente una regulación emocional adecuada, seguridad y confianza en sus relaciones afectivas y poca confusión sobre el futuro. La edad que tengan los menores cuando se produzca la ruptura mediará en gran parte en su ajuste personal debido a su desarrollo cognitivo, que determinará en qué medida será capaz de entender la situación, y de su dependencia física y emocional, que harán más o menos fácil la separación temporal de uno de los progenitores en caso de ser necesaria (PonsSalvador, 2007). Por poner un ejemplo, se ha visto que los niños más pequeños tienden a autoinculparse y a presentar problemas conductuales como desobediencia o hiperactividad y los menores más cercanos a la adolescencia o adolescentes presentan más habitualmente problemas interpersonales y de adaptación social (Cantón, Cortés y Justicia, 2002). Otro aspecto que ha preocupado a los expertos es la relación entre la modalidad de custodia y la adaptación de los hijos a la nueva situación familiar. Existen resultados indicativos de una mejor adaptación familiar, emocional, escolar y conductual en menores de parejas separadas cuyo régimen de convivencia posterior es compartido, comparado con menores en régimen de custodia monoparental (Bauserman, 2002; Fariña et al., 2017). Además, Nielsen (2014) realiza una revisión de 40 estudios sobre la idoneidad de cada régimen de custodia y concluye que la custodia compartida está relacionada también con mejor salud física y mejores relaciones familiares, incluso cuando el nivel de conflicto entre los padres era alto. Sobre este particular, una revisión realizada por Catalán (2015) evidencia que la modalidad de custodia que mejor mantiene la estabilidad familiar es la compartida, pero siempre que los progenitores estén dispuestos a coordinarse, cooperar y colaborar, ya que los padres deben ponerse de acuerdo en mayor medida a la hora de tomar casi cualquier decisión sobre los hijos porque éstos pasan la misma cantidad de tiempo con cada uno.

Al mismo tiempo, otros estudios muestran, por una parte, que en familias que han sufrido una separación saludable y no existe un conflicto entre los progenitores, las diferencias de comportamiento entre los hijos bajo custodia compartida y los hijos con custodia exclusiva son insignificantes. Y por otra parte, cuando la custodia es exclusiva y las visitas del progenitor no custodio son regulares, la adaptación, confianza y autoestima de los hijos también presentan niveles altos (Catalán, 2011). Otros autores han encontrado además que los problemas emocionales y comportamentales de los hijos que conviven únicamente con uno de sus progenitores están mediados en su mayoría por los problemas de comunicación, supervisión y de demostración de afecto que pueda haber entre ellos (Cantón et al., 2002). Esto podría indicar que la modalidad de custodia no ejerce un efecto directo sobre el bienestar de los hijos, sino que el estilo educativo, el estado emocional o la frecuencia de visitas, entre otras, podrían ser variables mediadoras de dicho efecto. Como acabamos de exponer de forma resumida, existe una gran variedad de factores implicados en la separación y el divorcio matrimonial que podrían afectar de forma muy diferente al bienestar tanto de los hijos como de los padres. Por ello, uno de los objetivos de esta investigación es conocer si existen diferencias en cuanto a adaptación y bienestar psicoló- gico de menores inmersos en procesos de separación conyugal en comparación con otros menores. Y, en su caso, discriminar cuales son las variables implicadas que se relacionan más directamente con estas diferencias.

 

ENERO 2018

Tratamiento psicológico de los trastornos emocionales en Atención Primaria: el manual de tratamiento transdiagnóstico del estudio PsicAP
Psychological treatment of emotional disorders in Primary Care: The transdiagnostic treatment manual of the PsicAP study
César González-Blanch Olga Umaran-Alfageme, Patricia Cordero-Andrés, Roger Muñoz-Navarro, Paloma Ruiz-Rodríguez, Leonardo Adrián Medrano, María Ruiz-Torres, Esperanza Dongil Collado, Antonio Cano-Vi